Opinión
El discurso presidencial no ha variado desde que llegó Morena al poder. Salvo algunas diferencias de estilo que corresponden al carácter y género de los dos Presidentes, las líneas generales en que se sustentan ambos siguen siendo las mismas.
Todo el pasado político moderno es deleznable tanto como sus instituciones… los opositores son corruptos (nuestros corruptos no existen), el pueblo pobre es bueno y sabio y nosotros lo representamos… la Civilización Azteca era gloriosa… España debe pedir perdón por la Conquista… Estamos realizando una Cuarta Transformación a la altura de la Independencia, la Reforma y la Revolución… Primero los Pobres… el Sistema de Salud va a ser (ya es) como el de Dinamarca… No se debe atacar a los Cárteles… Calderón es espurio, etcétera.
Se atribuye a Joseph Goebbels, el célebre propagandista del nacional-socialismo (nazismo), la sentencia siguiente: “Si una mentira se repite mil veces se convierte en verdad”. La verdad es que pareciera ser que Goebbels nunca dijo algo así, aunque la frase describe en general los abusos de la propaganda y su efectividad.
Lo real es que la capacidad propagandística de Goebbels tiene un referente paradójico: los estudios sobre los símbolos del inconsciente o la influencia de lo subliminal de Sigmund Freud, fueron al parecer utilizados por Goebbels para fortalecer algunos aspectos del poder nacional-socialista y a su Führer, Adolfo Hitler, en lo que se refiere a la aceptación de la figura del caudillo como un padre de la Patria y a crear la fidelidad de las masas hacia ese personaje.
Recuerdo haber visto un documental de propaganda alemán de la época. Un cañón dispara, se crea humo blanco y luego emerge la figura enhiesta de Hitler. Un freudiano diría de inmediato que la imagen creaba la asociación hacia el símbolo primigenio del padre: el falo y el esperma en relación con el líder.
Sin duda el tema de la propaganda en la historia resulta fascinante. Por supuesto fenómenos como el del comunismo, el fascismo o el nacional-socialismo surgen en un periodo de crisis histórica de grandes dimensiones, en la cual la política, los mitos, la economía, la cultura y el tipo de liderazgos sufrieron un impacto indeleble, particularmente en Europa a raíz de la Primera Guerra Mundial.
El peronismo o el castrismo tienen otras peculiaridades pero igualmente interesantes para analizar la propaganda como sustento del moderno caudillismo latinoamericano, una característica decimonónica persistente en el siglo XX.
Pero regresemos al comentario sobre el régimen morenista. Sustentando en el rancio presidencialismo mexicano, avasallante de los otros poderes —el Legislativo y el Judicial— el morenismo logró en un sexenio abolir los avances democráticos que comenzaron a desmontar a la Dictadura Perfecta del priismo de los setenta años.
Es un retroceso, pero se le podría quitar lo de “perfecta” pues lo burdo no quita lo compadre. Por supuesto el régimen morenista no es una dictadura clásica con una policía política reprimiendo opositores —como sí hizo la “dictadura perfecta”—.
Sin embargo, al separar el espíritu de la ley respecto a las instituciones, a su ejercicio en la sociedad, al amparar con el monopolio del poder a un grupo gobernante que no rinde cuentas y al manipular con la propaganda a las masas, al rendir culto al caudillo, los rasgos dictatoriales son innegables, aunque por supuesto sin ningún ribete ni estético ni cultural ni buscando la grandeza del país, solo el suyo propio; no hay así pues ningún espíritu vigente sino el de pandilla.
La esperanza de muchos se ha centrado en que durante su gobierno de Claudia Sheinbaum se dé la ruptura de la Presidente con la camisa de fuerza del obradorismo que hoy se impone mediante sus hijos, como instrumentadores de la corriente radical morenista y de la vigencia de la impunidad, liberando a su gobierno y al propio país de un caudillaje anacrónico desde que Plutarco Elías Calles fue defenestrado para irnos hacia el recuerdo histórico.
Lo que se observa es que las ideas mantra del obradorismo se siguen repitiendo como si fueran consignas sagradas y el gobierno propagandista se sustenta en ellas y el “Goebbels” mexicano, Jesús Ramírez Cuevas —coordinador de asesores de Presidencia—, se encarga de que se repitan ad nauseam en la propaganda gubernamental, en el discurso presidencial y en las redes, el nuevo espacio para la manipulación desde el poder.
A pesar de ello esto da muestra ya de un desgaste, una fisura que puede ampliarse con rapidez. Sheinbaum, al contrario de López Obrador, no cuenta con la extraña áurea que mitigaba las tonterías que en su misa diaria luego desplegaba el caudillo morenista: “México existe hace diez mil años”, “Jajajaja… las masacres”, “Le hemos dicho adiós a la corrupción”, “Mis hijos sufrieron mucho de pequeños” (frase que pronunció a punto de llorar después del señalamiento de corrupción de uno de ellos); “al final de sexenio el sistema de salud será mejor que el de Dinamarca”, etcétera.
Ahora somos testigos de contradicciones, como que los envíos de petróleo a Cuba son soberanos, pero el presidente Trump lo prohíbe y se acata y no se aclara esa “violación” a la soberanía; un caso de alto impacto como el del descarrilamiento del Transítsmico se resuelve de inmediato con una resolución de la Fiscalía General de la República inculpando al conductor y otros trabajadores por ser responsables de elevar quince quilómetros la velocidad, pero el tren, viejo, no tenía velocímetro ni el sistema de seguridad que regula de manera automática al transporte ferroviario; la presidente dice que “la caja negra estaba en ceros y luego comenzó a medir la velocidad y así nos dimos cuenta”. También la presidente Sheinbaum dice que “es ilegal atacar a los Cárteles”.
La serie de dislates en el discurso presidencial hacen hablar de una descompostura grave. Lo que debería ser una locomotora eficiente se muestra deteriorada, sobre carriles viejos, con durmientes podridos, con una tripulación a ciegas, sin llegar a la meta, vinculada a mentiras, encubriendo intereses oscuros y dañando a quienes transporta a ningún lado.
Ya se puede decir ante esta realidad patética: el discurso presidencial mexicano se ha descarrilado.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de The Epoch Times.












