Decidir si permitir o no que un niño tenga un teléfono celular es una elección que muchos padres enfrentan hoy en día.
A medida que aumentan las preocupaciones sobre los efectos de la tecnología en la salud mental, como las crecientes tasas de depresión, ansiedad y problemas de atención entre los jóvenes, esta decisión se ha vuelto mucho más compleja.
Sin embargo, una nueva investigación sugiere que el verdadero dilema no es si darle un teléfono a su hijo, sino más bien cuándo el niño está realmente preparado, desde el punto de vista del desarrollo, para tener uno.
La ciencia detrás de la edad ideal
Un estudio del Hospital Infantil de Filadelfia, publicado en la revista Pediatrics, analizó datos de 10,588 niños, de los cuales 6739 tenían un teléfono inteligente a los 12 años y 3849 no. Quienes tenían un teléfono inteligente tenían un 31 % más de probabilidades de presentar síntomas de depresión, un 40 % más de probabilidades de padecer obesidad y un 62 % más de probabilidades de dormir poco, en comparación con quienes no lo tenían.A los 13 años, el patrón se mantuvo. Entre los niños que no tenían un teléfono inteligente a los 12 años, pero adquirieron uno durante el año siguiente, eran más propensos a reportar síntomas graves de salud mental y falta de sueño, en comparación con quienes aún no lo tenían.
"La edad de 13 años se considera un punto clave del desarrollo porque coincide aproximadamente con la transición a la adolescencia temprana", explica la Dra. Evelyn Ashiofu, psiquiatra infantil certificada a The Epoch Times. "A esta edad, los niños suelen empezar a desarrollar habilidades ejecutivas más avanzadas, como la planificación y el control de impulsos".
Aunque el estudio se centra en la edad en que se comienza a tener un teléfono inteligente, también plantea una preocupación más amplia sobre la exposición temprana a las redes sociales, un debate que ya ha salido de los laboratorios y ha llegado a las políticas gubernamentales.
En 2024, Australia aprobó la Ley de Enmienda de Seguridad en Línea (Edad Mínima para Redes Sociales), que establece la edad mínima obligatoria de 16 años para el uso de redes sociales. Quienes la apoyan argumentan que esta ley es una salvaguardia necesaria para proteger las mentes en desarrollo del contenido dañino y diseños adictivos.
Si bien el estudio muestra una fuerte relación entre el acceso temprano a teléfonos inteligentes y problemas de salud posteriores, los investigadores señalan que múltiples factores, incluido el entorno familiar y la supervisión, también pueden influir.
Cómo afectan los teléfonos al cerebro
Los teléfonos inteligentes están diseñados para captar y mantener la atención. Las notificaciones, el desplazamiento infinito y la retroalimentación social pueden activar el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina, una sustancia química relacionada con el placer y la motivación.Para los niños y adolescentes, cuyos cerebros son especialmente sensibles a las recompensas y a la aprobación de sus compañeros, esa atracción puede sentirse aún más fuerte.
En la etapa preadolescente —normalmente entre los 9 y los 12 años— se producen varios procesos neurodesarrolladores clave, como la maduración de la corteza prefrontal, el centro de toma de decisiones del cerebro, explicó la Dra. Ashiofu. "Esta región es responsable de la planificación, el control de impulsos, la toma de decisiones. Al mismo tiempo el sistema límbico se vuelve más sensible, lo que provoca una mayor reactividad emocional, cambios de humor, sobrecarga sensorial y sobrepensamiento".
Durante la preadolescencia, las vías de recompensa también son muy sensibles, por lo que los niños son más vulnerables a actividades que ofrecen refuerzo inmediato, como los videojuegos o los "me gusta" en redes sociales. Además los más pequeños también tienen menos experiencia en el manejo de emociones intensas y suelen recurrir a estímulos externos, como juegos y teléfonos, para calmarse o distraerse. "Estas áreas cerebrales clave aún están en pleno desarrollo. Si se introducen los teléfonos inteligentes demasiado pronto, puede interrumpirse este proceso de maduración", advirtió Ashiofu.
En cambio, los cerebros adultos están completamente formados, especialmente la corteza prefrontal. La conexión entre el pensamiento lógico y las reacciones emocionales es mucho más sólida en los adultos, lo que les permite pausar antes de actuar y controlar mejor sus impulsos. Aunque los adultos también pueden engancharse a la tecnología basada en recompensas, suelen estar mejor equipados para gestionar el tiempo frente a la pantalla y retrasar la gratificación.
Mientras tanto, el tiempo excesivo frente a pantallas también se asocia con un mayor riesgo de sufrir problemas de salud mental como ansiedad, trastorno por déficit de atención e hiperactividad e incluso tendencias suicidas.
Un estudio de 2024 sugiere que las personas que usan teléfonos inteligentes en exceso pueden distraerse con mayor facilidad porque sus cerebros no utilizan sus redes de atención con la misma eficiencia. El procesamiento de la atención es la capacidad del cerebro para concentrarse en la información importante ignorando las distracciones. Esta habilidad nos ayuda a concentrarnos, recordar detalles y responder al mundo que nos rodea. El estudio explica por qué los usuarios habituales tienen más dificultad para mantener el foco y filtrar la información irrelevante.
Además, la estimulación constante de las pantallas puede afectar el desarrollo cognitivo, el lenguaje, las habilidades sociales, la atención y los patrones de sueño.
El sueño deficiente o interrumpido está estrechamente relacionado con muchos de los problemas de salud mental que viven los niños, recordó la Dra. Ashiofu. El uso nocturno de pantallas, las notificaciones y la exposición a la luz azul pueden interferir con la calidad del sueño, afectando el estado de ánimo, el comportamiento, el aprendizaje y el bienestar general.
En otras palabras, la pregunta ya no es tanto si se le permite al niño tener un smartphone, sino si su cerebro está maduro para manejarlo.
Qué pueden hacer los padres
Los padres deberían plantearse algunas preguntas importantes antes de darle un teléfono inteligente a su hijo.Pregúntese: ¿Qué tan abierto es su hijo a compartir con usted los problemas que puedan surgir en línea? ¿Tiene dificultades sociales o de control de impulsos? ¿Tenemos en familia un plan claro para responder si ocurre algo dañino en línea? Este tipo de preguntas reflejan diferentes aspectos de la preparación, madurez y las prácticas familiares para gestionar el uso del teléfono, recomienda Sara Domoff.
Para reducir el tiempo que pasan frente a la pantalla, la Dra Ashiofu sugiere usar un sistema de "ganar" minutos completando otras tareas. "Esto ayuda a establecer límites claros para el uso de la pantalla y, al mismo tiempo, fomenta conductas positivas".
También recomienda asegurar que los padres dediquen tiempo a otras actividades estructuradas y enriquecedoras, como estar al aire libre, practicar deportes, actividades recreativas y artes creativas. Estas experiencias promueven la salud mental y reemplazan el tiempo que un niño pasaría frente a una pantalla.
También hay medidas o estrategias que los propios niños pueden adoptar para regular el tiempo que pasan frente a la pantalla y asegurarse de que estén preparados para un smartphone.
"Algunas estrategias que los niños pueden implementar incluyen bloquear contenido que les resulte molesto o angustiante, desactivar los "me gusta" en sus publicaciones y establecer límites de tiempo en las aplicaciones", dijo Domoff. "Además recomendamos que los niños intenten no usar el teléfono a la hora de acostarse para fomentar hábitos de sueño saludables".
Algunas familias también podrían considerar alternativas antes de introducir un teléfono inteligente, como un teléfono básico que solo permita llamadas y mensajes de texto. Aumentar gradualmente el acceso a medida que el niño demuestra responsabilidad puede ayudar a desarrollar habilidades digitales paso a paso, sin abrumarlo de golpe.
Al final, la decisión de darle a un niño un teléfono inteligente no solo tiene que ver con la edad "adecuada", sino de evaluar la verdadera preparación del niño y de la familia, concluyó Sara Domoff.














