Opinión
Vivo y trabajo en una comunidad en la que se habla a menudo de libertad y soberanía. Exploramos estructuras legales, nos retiramos de los sistemas, creamos negocios, cultivamos alimentos y construimos vidas más independientes del control centralizado. Todo eso es importante, pero he llegado a la conclusión de que nada de ello es real si no somos soberanos de nuestras propias emociones.
Si una mosca puede arruinarle el almuerzo, no es libre. Si un camino de tierra lleno de baches puede determinar su estado de ánimo, no es soberano. Si la mala actitud de un desconocido puede arruinarle el día, entonces ningún documento legal, ningún cambio de estilo de vida ni ninguna declaración de independencia ha echado raíces de verdad.
Esto es algo que veo claramente en mi vida cotidiana al recibir huéspedes en nuestro rancho. Llegan personas que comparten valores similares, que hablan de libertad y autosuficiencia, pero que a menudo esperan que se les regale un buen rato. Esperan que el entorno cree su experiencia en lugar de decidir quiénes serán dentro de él.
Un huésped me dijo una vez que el camino a nuestro rancho era el peor por el que habían conducido jamás. Sonreí y les dije que debían sentirse afortunados, porque hay caminos mucho peores en el mundo. Otros se sientan a comer al aire libre, a menos de 100 metros de las vacas, y se sorprenden por las moscas. Les entrego un espantamoscas y les recuerdo que esta es una granja en funcionamiento. Haremos todo lo posible, pero este no es un entorno hermético y controlado. Es la vida real, y la vida real tiene su textura.
Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, las personas vivían en contacto constante con esa textura. El barro, las moscas, el polvo, el calor y el frío no eran inconvenientes que determinaran la calidad de un día. Eran simplemente condiciones. Nadie se despertaba y decidía su experiencia de vida basándose en si el camino era llano o el aire estaba limpio. La vida exigía participación, no evaluación, y la alegría no dependía de la ausencia de fricción.
En algún momento del camino, pasamos de comprometernos con la realidad a esperar que esta se adaptara a nosotros. Empezamos a creer que si algo es incómodo, debe de estar mal. Si hay fricción, hay que eliminarla. Si una experiencia no es perfecta, ha fracasado. Con ese cambio, no nos hemos vuelto más refinados. Nos hemos vuelto más frágiles.
La fricción no es un fracaso. La fricción es donde se construye la resiliencia. Cuando eliminamos toda incomodidad, no creamos mejores seres humanos, sino personas cada vez más dependientes de entornos perfectamente curados para sentirse bien. Eso no es soberanía. Es una forma más silenciosa de dependencia que se esconde tras la comodidad.
Dos personas pueden entrar en un entorno exactamente igual y tener experiencias completamente diferentes. Una ve belleza, conexión y novedad, mientras que la otra ve inconvenientes, irritación y defectos. La diferencia no está en el entorno. Está en la actitud que cada persona trae consigo.
¿Llega a algún sitio para pasarlo bien, o espera que le regalen un buen rato? Esa pregunta revela más de lo que la mayoría de la gente cree. Cuando espera que una experiencia lo haga sentir bien, ya ha cedido el control. Cuando decide, incluso antes de llegar, que va a estar abierto, comprometido y presente, las circunstancias pierden gran parte de su poder.
No se trata de negar la incomodidad ni de fingir que la vida no incluye dificultades. Hay momentos reales de dolor, pérdida y cambio que nos marcan profundamente. Sin embargo, la mayor parte de lo que nos descarrila en el día a día no es una tragedia. Son inconvenientes, y los inconvenientes no deberían tener el peso que les hemos dado.
Cuando era niña, le decía a mi madre que estaba aburrida, cansada, hambrienta o enfadada. Ella me miraba y me decía: "Parece un problema interno, ponte a trabajar". En aquel momento, me pareció despectivo. Ahora lo entiendo como una de las lecciones más empoderadoras que me dieron. Ella me estaba recordando que mi estado interno era algo que me correspondía gestionar a mí.
En algún momento del camino, dejamos de enseñar eso. Empezamos a validar cada malestar como algo que debía resolverse externamente, en lugar de algo que pudiera gestionarse internamente. Al hacerlo, debilitamos nuestra capacidad para mantenernos firmes ante la vida cotidiana.
Reconstruir esa fortaleza no requiere nada complicado, pero sí requiere intención. Empieza por la responsabilidad, por la decisión de preguntarse quién elige ser en un entorno determinado, en lugar de si ese entorno cumple sus expectativas. Continúe con la exposición, con la voluntad de pasar tiempo en lugares que no están controlados ni acondicionados, para que el sistema nervioso pueda volver a aprender que el polvo, el calor, los bichos y la imprevisibilidad no son amenazas. Simplemente forman parte de estar vivo.
Se profundiza con el sentido. Cuando la vida se arraiga en algo real, como el trabajo, la familia, la tierra o la comunidad, las pequeñas incomodidades comienzan a perder su poder. Dejan de sentirse como ofensas y empiezan a sentirse como contexto. Lo que importa se vuelve más grande que la irritación.
He visto, una y otra vez, que este tipo de firmeza es contagiosa. Cuando una persona está centrada y no se deja sacudir por las pequeñas cosas, cambia el tono de toda la interacción. Crea un espacio para que otros adopten esa misma postura, para experimentar la vida con un poco más de tranquilidad y un poco menos de resistencia.
Ese es el tipo de soberanía que vale la pena perseguir. No solo la capacidad de excluirse de los sistemas, sino la capacidad de permanecer íntegro dentro de uno mismo independientemente de las circunstancias. No solo libertad sobre el papel, sino libertad en la práctica, en los momentos en que algo sale mal, cuando las condiciones distan de ser ideales, cuando la vida se parece a la vida real.
La vida real no está esterilizada. No siempre es fluida ni predecible, y nunca estuvo destinada a serlo. Es turbia, polvorienta e imperfecta, y aun así, si la elegimos, es profundamente buena.
Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de The Epoch Times.
















