Opinión
Imaginen el poder estadounidense como un feroz perro guardián, sujeto por una correa corta y resistente. Dentro del alcance de esa correa, nadie con malas intenciones sobrevive. La historia ha demostrado esta ferocidad una y otra vez: operaciones rápidas, precisas y demoledoras que dejan a los adversarios aturdidos.
Pero ¿qué ocurre fuera de ese círculo? Los rivales podrían sentirse invencibles. El perro ladra con fuerza y gruñe amenazante, pero rara vez ataca con toda su potencia. Los adversarios ponen a prueba los límites, buscan las debilidades y se convencen de que el poder estadounidense tiene límites, fijos e inamovibles.
Lo que siguen olvidando es esto: una correa no es algo permanente. Está en manos del presidente en funciones de Estados Unidos. En cualquier momento, puede alargarla drásticamente, extendiendo el alcance de Estados Unidos aún más hacia territorio hostil. O simplemente puede "soltar a los perros de la guerra".
Una cronología de la ilusión
Este patrón ya quedó durante el primer mandato del presidente Donald Trump. En 2018, retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear JCPOA (Plan de Acción Integral Conjunto). Muchos analistas, diplomáticos y líderes europeos lo descartaron como una simple bravuconada: no se atrevería a romper un acuerdo multilateral ni a reimponer las aplastantes sanciones de "máxima presión". Sin embargo, lo hizo. Irán sufrió las consecuencias económicas, pero se adaptó ganando tiempo mediante aliados y patrocinadores.En enero de 2020, tras el asesinato de un contratista estadounidense y el ataque de milicias respaldadas por Irán contra las fuerzas estadounidenses, Trump ordenó el ataque con drones que acabó con la vida de Qasem Soleimani, el poderoso comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). Los escépticos aseguraban que jamás arriesgaría una escalada directa asesinando a un alto líder iraní en territorio extranjero. Sin embargo, lo hizo. A principios de ese mismo año, Trump también autorizó la audaz operación que acabó con la vida del líder del ISIS, Abu Bakr al-Baghdadi, en Siria, otra acción de alto riesgo que muchos dudaban que llevara a cabo.
En junio de 2025, Israel atacó instalaciones nucleares y militares iraníes, desencadenando la Guerra de los Doce Días. Muchos esperaban que Trump mantuviera a Estados Unidos al margen para evitar una nueva guerra en Medio Oriente. En cambio, Estados Unidos intervino directamente, atacando instalaciones nucleares clave. Si bien se estableció un frágil alto el fuego, el episodio demostró que se podía ejercer presión cuando se traspasaban los límites.
A principios de 2026, estallaron protestas masivas en todo Irán por el colapso económico y la represión. El régimen respondió con brutalidad: asesinatos en masa que, según informes, causaron decenas de miles de muertos. Mientras los ciudadanos se arriesgaban a salir a las calles, Trump declaró públicamente: "Sigan protestando… la ayuda está en camino". Muchos lo consideraron mera retórica vacía, sin esperar que se concretaran acciones tras la peor represión. Sin embargo, el ciclo se intensificó.
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación Furia Épica, una serie de ataques a gran escala dirigidos contra instalaciones nucleares, bases de misiles, centros de mando y líderes.
Las preguntas que realmente se están evaluando
En el centro de esta crisis se encuentran dos incertidumbres clave que Trump parece estar poniendo a prueba con plazos de entrega escalonados, ataques premeditados y amenazas cada vez más directas.Primera: ¿Están los representantes iraníes en la mesa de negociación dispuestos a alcanzar un acuerdo estratégico genuino y a largo plazo? ¿O se trata simplemente de otra tregua temporal que romperán en cuanto cambie el equilibrio de poder?
El historial de Irán apunta claramente a la segunda opción. Los acuerdos anteriores proporcionaron pausas tácticas mientras el régimen avanzaba en su programa de misiles, fortalecía a sus grupos aliados y desarrollaba su programa nuclear. Para Teherán, la mera supervivencia frente a los "Grandes y Pequeños Satanás" siempre se ha considerado una victoria.
Segunda, y más decisiva: aunque alguna facción o persona está dispuesta a negociar, ¿tiene realmente la capacidad de hacer cumplir dicho acuerdo en todo el régimen?
La República Islámica nunca ha sido monolítica, pero los ataques del 28 de febrero han fragmentado aún más su estructura. El líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, murió en la primera oleada de la Operación Furia Épica, junto con altos clérigos y comandantes. Su hijo, Mojtaba Jamenei, fue nombrado formalmente sucesor, pero permanece prácticamente invisible; según informes, herido y apartado del poder real. El poder real parece haberse concentrado en la Guardia Revolucionaria Islámica.
La Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) opera ahora como la fuerza dominante: dirige un consejo militar paralelo, controla activos económicos clave, coordina redes de aliados y ha bloqueado los nombramientos del gobierno electo. El presidente Masoud Pezeshkian y los funcionarios civiles se encuentran cada vez más marginados. El mando y control también se ha visto afectado por los ataques a los búnkeres de la cúpula y a los centros de comunicaciones, lo que ha ralentizado la coordinación y ha aumentado el riesgo de acciones independientes por parte de elementos de la IRGC.
Conclusión
Se acerca la fecha límite del 6 de abril para los posibles ataques contra las centrales eléctricas. Si los negociadores iraníes no pueden —o no quieren— ofrecer concesiones verificables sobre la desnuclearización, los grupos armados interpuestos, los misiles y el control del estrecho de Ormuz, el futuro de Irán podría de repente importar mucho menos que quebrar la capacidad del régimen para amenazar intereses vitales.Por supuesto, nuestro análisis podría estar equivocado; o circunstancias externas inesperadas, como un acontecimiento importante en otro lugar, podrían impulsar a Estados Unidos a adoptar una postura más cautelosa, o viceversa. Pero la situación ya ha escalado más allá de lo que muchos esperaban. Que la ofensiva continúe, devastando redes eléctricas, infraestructuras petroleras y logísticas clave, podría depender de si Teherán finalmente comprende que el control lo ejerce un presidente estadounidense dispuesto a ejercerlo plenamente.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las de The Epoch Times.
















