La tetrarquía del caos: El diseño del autoritarismo venezolano tras Maduro

La salida de Nicolás Maduro del poder no abrió de inmediato una transición democrática en Venezuela, como muchos esperaban

(I-D) El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez; la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez; y el ministro del Interior, Diosdado Cabello (D) llegan a la presentación del informe del primer año de gobierno en el Palacio Federal Legislativo el 15 de enero de 2026 en Caracas, Venezuela. (Foto de Jesús Vargas/Getty Images)

(I-D) El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez; la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez; y el ministro del Interior, Diosdado Cabello (D) llegan a la presentación del informe del primer año de gobierno en el Palacio Federal Legislativo el 15 de enero de 2026 en Caracas, Venezuela. (Foto de Jesús Vargas/Getty Images)

16 de febrero de 2026, 5:33 p. m.
| Actualizado el16 de febrero de 2026, 5:56 p. m.

Opinión

La arquitectura del poder —una tetrarquía— funciona como un mecanismo de supervivencia en un contexto de guerra política, fragmentación interna, disputa por la renta estratégica y un profundo desprestigio ante una población que clama por un cambio acelerado.

Desde la ciencia política, este escenario encaja en los modelos de autoritarismo postpersonalista, donde la caída del liderazgo central no implica necesariamente una democratización, sino la redistribución del poder entre élites o facciones del mismo sistema para garantizar la continuidad.

El sistema venezolano, lejos de implosionar, mutó hacia una precaria gobernanza compartida entre actores civiles y militares criminalizados que operan bajo funciones diferenciadas: administración, legitimación, coerción y control estratégico; todo esto bajo la constante tutela y supervisión de los intereses de los Estados Unidos.

Un sistema resiliente

En términos estratégicos, el proceso puede interpretarse como una fase de guerra política multidimensional. La confrontación no se libra únicamente en el pulverizado terreno interno, sino en los ámbitos económico, diplomático y propagandístico. En este modelo, el régimen chavista utiliza la diplomacia como un escudo para tratar de ganar tiempo, restablecer alianzas y sobrevivir a la presión y supervisión del gobierno del presidente de EE. UU., Donald Trump.
La tetrarquía juega desesperadamente a la "normalización" selectiva, proyectando una imagen de orden técnico y pragmatismo económico que intenta, con cierto éxito, seducir a capitales extranjeros, mientras mantiene intacto el aparato de persecución política y la corrupción desproporcionada. Es una estrategia de apaciguamiento diseñada para ganar tiempo y agotar la atención de la comunidad internacional.

Los cuatro polos del poder

La estructura emergente del poder en la Venezuela post-Maduro se articula en torno a cuatro polos fundamentales: la gestión administrativa bajo el liderazgo civil de Delcy Rodríguez, encargada de la conducción gubernamental y la interlocución externa como expresión de continuidad del aparato estatal; la ingeniería institucional encabezada por Jorge Rodríguez en el ámbito legislativo y jurídico, donde se transforman decisiones políticas en marcos legales que sostienen una apariencia de gobernabilidad; y el poder coercitivo y territorial concentrado en Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López, responsables del control de la seguridad interna, la estabilidad del orden político y la cohesión de la Fuerza Armada, en medio de acusaciones internacionales de narcoterrorismo que marcan la dinámica de lealtades y la preservación del núcleo del poder.
Este reparto funcional reduce el riesgo de fractura inmediata, pero intensifica la competencia intra-élite. Ningún actor controla por sí solo la totalidad de las palancas del poder, lo que obliga a una interdependencia permanente basada menos en el consenso que en el temor compartido a perder privilegios si el sistema continúa colapsando.

El capitalismo de enclave como sustento

Un factor determinante en esta nueva etapa de la mutación del sistema es la profundización de la apertura económica. Al no contar con el carisma de un líder mesiánico ni con la billetera abierta de los años de bonanza, la tetrarquía ha optado por un capitalismo de enclave. Se han creado burbujas de privilegio donde se permite la inversión extranjera, principalmente en el sector energético, para alimentar la caja chica del Estado.

 

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La oposición ante el muro

Frente a este complejo engranaje, las fuerzas de la oposición venezolana se encuentran ante la obligatoriedad de redefinir su estrategia. El modelo de la tetrarquía ha sido diseñado precisamente para neutralizar la narrativa de una "transición rápida", obligando a las fuerzas democráticas a enfrentarse no a un solo hombre, sino a una red de intereses corporativos y militares profundamente atrincherados, que además forman parte de un enorme ecosistema criminal con tentáculos globales.

Mientras algunos sectores de la oposición apuestan por aprovechar las fisuras internas mediante la negociación, otros sostienen que la única vía es el desconocimiento total, confiando en que la presión coordinada con la Administración Trump termine por asfixiar el flujo de caja del régimen.

Otros sectores más radicales apuntan a provocar violencia callejera para acelerar la agenda de los tres pasos planteada por la administración de Donald Trump para Venezuela —estabilización, recuperación y transición—, cuya primera fase se centra en restaurar la seguridad y evitar el caos tras la caída de Nicolás Maduro mediante un esquema de tutela operativa con supervisión estadounidense; en ese marco, Washington ha impulsado el control y comercialización de entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano para administrar los ingresos, destinarlos a servicios básicos y salarios, y trabajar con las autoridades de facto existentes mientras se mantiene el orden político y territorial.La efectividad de la alternativa democrática dependerá de la capacidad para ofrecer un horizonte de estabilidad que resulte más atractivo para los civiles y para los mandos medios que la lealtad a una cúpula aislada.

Vulnerabilidades de un sistema híbrido

Desde la teoría de regímenes autoritarios, la cohesión de las élites es la clave del modelo. Los miembros de esta tetrarquía tienen claro que enfrentan una amenaza existencial; por ello, su única arma es mantener la unidad cívico-militar-policial frente a un pueblo que ya no los respalda.

Sin embargo, este equilibrio es precario. En una estructura de cuatro cabezas, la toma de decisiones se vuelve lenta. Cada movimiento de una facción es visto con sospecha por las otras tres, generando una parálisis que puede ser fatal ante una crisis imprevista y empujada por aquellos que quieren sustituirlos.

Es imperativo aclarar que esta tetrarquía no es una transición democrática ni una dictadura clásica, sino un régimen híbrido de poder compartido, con las características adicionales heredadas de la estructura adaptativa criminal que se configuró desde 1999. Su objetivo no es reformar, sino administrar el conflicto para posponer la transición plena.

La gobernanza del interinato encabezado por Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López se convierte en una forma de guerra permanente, amenazada por las exigencias externas, los venezolanos que claman libertad y el agotamiento pleno del chavismo.

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Para el chavismo, el futuro depende de tres variables críticas: la cohesión de élites que desconfían entre sí, la estabilidad de un estamento militar que carece de lealtad real y la gestión de la renta petrolera en asociación con empresas estadounidenses. Si alguno de estos pilares se rompe, la tetrarquía dejará de ser un equilibrio para convertirse en el detonante de una nueva e irreversible crisis de poder.

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Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de The Epoch Times


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