Los escenarios después de la caída de Maduro

El líder venezolano Nicolás Maduro, como se ve en una foto compartida por el presidente Donald Trump que supuestamente muestra a Maduro a bordo del USS Iwo Jima, el 3 de enero de 2026.  (The White House)

El líder venezolano Nicolás Maduro, como se ve en una foto compartida por el presidente Donald Trump que supuestamente muestra a Maduro a bordo del USS Iwo Jima, el 3 de enero de 2026. (The White House)

4 de enero de 2026, 6:08 p. m.
| Actualizado el4 de enero de 2026, 6:11 p. m.

Opinión

Nicolás Maduro ya es el ex dictador de Venezuela y duerme en una celda estadounidense. Junto con su esposa Cilia Flores ha sido indiciado por un juez distrital del suroeste de Nueva York por los cargos de narcoterrorismo. Diecisiete helicópteros artillados del Ejército estadounidense bastaron para apresarlo en Caracas mediante una eficaz operación militar.

Maduro se sentía protegido por su Ejército equipado con artillería antiaérea de fabricación rusa, misma que no fue usada. Se podría especular que los mandos militares venezolanos decidieron no enfrentar el poderío estadounidense e incluso negociaron la entrega de Maduro y de su mujer. Las siete bombas arrojadas parecen sólo rubricar esta posibilidad.

Los estadounidenses provocaron la oscuridad en Caracas o se les apoyó con la misma y en una operación que duró treinta minutos lograron su objetivo sin ninguna baja y se reporta asimismo una cantidad mínima de militares o civiles venezolanos caídos.

En Caracas y otras ciudades se manifestaron miles de venezolanos que ya festejan una libertad próxima. Es posible que los militares venezolanos hayan negociado su salida del poder a cambio de inmunidad y que sea sólo Maduro quien pague las cuentas, lo que quizás sea un reduccionismo del problema. No se debe olvidar que la acusación a Maduro es, entre otros delitos, por dirigir el Cártel de los Soles. Y los “soles” se refieren a las insignias de los generales venezolanos.

El Foro de Sao Paulo recomendó corromper a las Fuerzas Armadas como una manera preventiva de ponerlas al servicio de los gobiernos de izquierda en el Continente. En Cuba, Colombia, Honduras y México, entre otros, pareciera que se sigue esa receta y que incluso se sustenta abiertamente a narco gobiernos.

Por lo pronto, en México las Fuerzas Armadas se dedican sin rendir cuentas a negocios gubernamentales que no les competen. Por ejemplo, la Marina antes prestigiada hoy maneja trenes que se le descarrilan. Esto mientras a ciencia y paciencia de las Fuerzas Armadas y demás corporaciones del Estado, los Cárteles dominan en el 35 por ciento del territorio mexicano en una abierta violación precisamente a la soberanía del Estado mexicano, provocando que una gran parte de la sociedad mexicana viva bajo la opresión narcoterrorista con la complicidad de políticos particularmente morenistas.

En Venezuela es previsible el escenario de que la caída de Maduro signifique también la de un régimen que empobreció al país, provocó el exilio de ocho millones de venezolanos y corrompió a sus Fuerzas Armadas. La noche oscura de Venezuela que se inició con la toma del poder del demagogo Hugo Chávez está por terminar, eso sin duda debe ser una buena noticia aunque constituye una lección amarga de lo que sucede cuando un país permite el dominio de un gobierno ilegítimo, que lo es a pesar de que pregone el apoyo de las mayorías.

Quizás como único testimonio que quede de ello sea el de su hija en el exilio disfrutando haberse convertido, gracias a la corrupción desatada, en la mujer más rica de Venezuela. Y eso sólo si un nuevo gobierno venezolano no reclama la expropiación de esa riqueza mal habida y la cárcel correspondiente a la responsable. Ya se sabe que desde el Río Bravo hasta la Patagonia el enriquecimiento de los hijos de las satrapías y la corrupción es una característica de los inocuos regímenes izquierdistas.

Después de la detención de Maduro y su esposa el escenario internacional se vuelve más complejo en el Continente americano. La versión estilo Donald Trump de la Doctrina Monroe, referida a no permitir la influencia de otras potencias, se convierte en un hecho palpable.

Si en el siglo XIX y en gran parte del siglo XX esto se refería a Europa, ahora queda claro que se sustenta en relación con China. Hugo Chávez bendecía públicamente a China. Dejó claro que privilegiaba las relaciones políticas y financieras con este país asiático. Esta postura la heredó a Maduro. Habría que ver si también incluía el trato con las Tríadas chinas, los poderosos grupos criminales asiáticos hoy dedicados al narcotráfico y el contrabando.

En este escenario internacional, los gobiernos de otros países latinoamericanos han puesto sus barbas a remojar o simplemente se pronunciaron en contra. Particularmente la Colombia de Petro, la Nicaragua de Ortega, la Cuba de Diez Canel, el Uruguay de Orsi y el México de Sheinbaum. La Guatemala de Arévalo, bajo el asedio de conservadores que litigan en su contra, terminó por condenar la acción estadounidense.

En cambio festejaron la caída de Maduro la Argentina de Milei, el Ecuador de Noboa, el Perú de Jerí, el Chile de Kast, El Salvador de Bukele, el Paraguay de Peña y la Bolivia de Paz, quienes se pronunciaron por su parte apoyando la acción del Presidente Trump y celebraron cada uno la caída de un narco gobierno al que consideran opresor de los venezolanos y un peligro para la seguridad latinoamericana.

El presidente de Panamá José Raúl Mulino expresó una postura ambigua, pues al recordar la invasión estadounidense de 1989, que derrocó al dictador Manuel Antonio Noriega para ser enjuiciado en Estados Unidos, rememoró también la muerte de medio millar de panameños en aquella ocasión. Eso le hacía tener un sentimiento ambiguo.

Por eso resalta la falta de resistencia del Ejército venezolano en esta ocasión y pareciera que, como señalo, hubo al parecer una negociación y los militares de ese país decidieron no batirse por Maduro. Esto se refuerza cuando el presidente Trump comenta que Estados Unidos administrará de facto a Venezuela hasta su normalización y expresó en ese sentido su respaldo a la vicepresidente Delcy Rodríguez, quien por su parte reclamó el retorno de Nicolás Maduro y su esposa, lo que pareciera ser sólo un discurso para la galería.

La postura del gobierno de Claudia Sheinbaum no fue neutral sino condenó la acción del Presidente Donald Trump, aunque al mismo tiempo matizó ofreciendo los “buenos oficios” de su gobierno para intermediar en el conflicto internacional, como si no se tratara de una acción de facto que ya no tiene marcha atrás y, por tanto, no existe ningún conflicto entre los dos países o negociación posible.

Se trata de una postura para consumo interno, pues la política de la Presidente Sheinbaum ha sido ceder en todo y no confrontar a Trump; él corresponde diciendo que ella le cae bien, pero esto no es suficiente y el presidente estadounidense, quien le pregunta si le ayuda a acabar a los Cárteles, ya ha dado muestra de impaciencia y dice que algo se debe hacer con el caso mexicano.

Si bien la pasividad cómplice del gobierno del ex Presidente López Obrador ha cesado y el activismo contra los delincuentes por parte del secretario Garcia Harfuch es patente –aunque no con las cifras o porcentajes que se presumen–, el gobierno de Claudia Sheinbaum no cuenta con una verdadera estrategia contra los Cárteles, la cual significaría atacar y destruir el poder de sus cúpulas, debilitar y abatir sus estructuras criminales, castigar a los políticos y mandos de seguridad cómplices y liberar del dominio de los Cárteles a los territorios que controlan y donde imponen su reinado de terror, extorsiones y crímenes.

Esta tarea estratégica es inmensa y requeriría de un compromiso sustantivo del gobierno de Claudia Sheinbaum, mismo que no existe ahora y de hecho ella misma ha desechado públicamente, cuando dice que no habrá guerra contra los Cárteles. El problema es que los Cárteles han declarado la guerra a la sociedad mexicana y el gobierno no la defiende.

El crecimiento de las desapariciones es un fenómeno que no se quiere admitir y representa una de las realidades trágicas que la propia presidente minimiza e incluso trata ofensivamente, cuando dice que la gente desaparece por "problemas domésticos", ignorando que luego "aparecen" sus restos en fosas, gracias sobre todo al empeño inaudito de las Madres Buscadoras.

Ante estas realidades atroces la presión que el Presidente Trump ejerce hacia el gobierno de la Presidente Sheinbaum es lo único que apoya actualmente a una sociedad lacerada por la violencia criminal. Los organismos empresariales, la Iglesia católica y las otras confesiones religiosas, los medios de comunicación, los sindicatos y otras corporaciones civiles, los partidos políticos de oposición y sus legisladores, los intelectuales y artistas, es decir, la sociedad civil en pleno, no están ejerciendo la suficiente presión en esta materia hacia el gobierno de Morena, como si esta tarea la delegaran a un Presidente pro activo como Trump, quien por lo demás actúa según los intereses de su país, por lo que es un error otorgarle la condición de salvador.

Sin embargo, si se reclamara y presionara la entrega de responsables políticos y militares cómplices de los Cárteles, mucho se contribuiría a despertar a la sociedad mexicana. "Abrazos no balazos" es la divisa cínica de la pasividad cómplice y la gran figura de ella, convertida en activa realmente –con los fondos electorales otorgados por los Cárteles como ha sido denunciado ya– tiene un nombre, un responsable, alguien que debe ser enjuiciado y solo puede serlo internacionalmente, se llama Andrés Manuel López Obrador. Quizás no esté muy lejano el día que Claudia Sheinbaum deba elegir entre la lealtad a su jefe político o el interés superior de la Patria.

Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de The Epoch Times


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