Opinión
En este artículo se reflexiona sobre la relación entre la paz y la justicia desde la perspectiva del pensamiento cristiano y del contexto geopolítico contemporáneo. Analiza el papel de la Iglesia, el surgimiento de conflictos en Medio Oriente, la influencia del fundamentalismo islámico y las tensiones entre Occidente y otras potencias, subrayando la necesidad de un liderazgo prudente y consciente ante los desafíos de la actual guerra global híbrida.
En un contexto internacional marcado por la inestabilidad, la proliferación de conflictos y el resurgimiento de tensiones ideológicas y religiosas, comprender las raíces históricas y filosóficas de la guerra y la paz resulta esencial. Este análisis ofrece claves para interpretar la dinámica geopolítica actual y la responsabilidad de los liderazgos mundiales en la preservación del orden internacional y la seguridad global.
La paz es el fruto de la justicia, y la justicia no es posible si se omite o soslaya la verdad. Ciertamente, la humanidad busca la paz, pero esta no vendrá nunca solo con los buenos deseos o la proclamación de buenas intenciones.
Serán bienaventurados no los pacifistas buenistas, sino los que luchen por la paz: los pacificadores. De hecho, hay que luchar por evitar iniciar las guerras, ya que cuando comienzan son muy difíciles de terminar y solo traen mucho dolor y odio por generaciones.
El magisterio de la Iglesia y la guerra
Con Maritain, una de las cumbres del humanismo cristiano integral, aprendí en su Filosofía de la Historia que la lucha entre el bien y el mal, el trigo y la cizaña, sería hasta el fin de los tiempos, en virtud de la Ley del Doble Progreso Contrario; que es un gran misterio la cuestión de por qué Dios permite el mal moral, por medio de lo que los teólogos llaman el “decreto permisivo consecuente”; y que solo Dios sabe sacar del mal frutos buenos.También aprendí con Tomás de Aquino que la guerra podía resultar necesaria, siempre que fuera justa o representara el mal menor, mientras que Jean Guitton, uno de los grandes laicos del pensamiento católico, un gran amigo y colaborador de San Pablo VI, nos advirtió sabiamente: “El arte supremo en materia bélica en cualquier época ha consistido en evitar la guerra limitándose a amenazar. El terror previo debía bastar. Pero para que ese terror pudiera actuar sin pruebas, tenía que parecer creíble, y para que pareciese creíble tenía que existir”.
La encíclica Pacem in Terris del papa Juan XXIII, publicada en un momento en que la humanidad se vio al borde de la conflagración nuclear, nos enseñó que el bien común universal, incluida la paz, solo se aseguraría con una autoridad mundial, algo que, lamentablemente, hoy no existe, ya que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y esta misma organización han demostrado que no están aptos para cumplir ese rol. Por el contrario, se han convertido, según el autor, en instrumentos de la llamada Cultura de la Muerte, donde la humanidad se autodestruye con el holocausto del aborto y la contracepción desenfrenada, la disolución de la familia y los ataques a la libertad religiosa, la aniquilación de naciones y la mescolanza de identidades, así como con la promoción del transhumanismo y la visión progresista denominada “woke”.
Inicio del nuevo ciclo bélico
En 1979, justo cuando los ayatolás tomaban el poder en Irán para entronizar su revolución teocrática, una nueva forma de totalitarismo, “las divisiones del Papa”, se movilizaba en Polonia y Europa del Este contra el comunismo, al tiempo que los soviéticos invadían Afganistán.El presidente Reagan, en 1980, prefirió respaldar al papa San Juan Pablo II y a la Iglesia católica, y trabar simultáneamente una alianza con Arabia Saudita y Pakistán, con el beneplácito de China, para convertir Afganistán en el Vietnam ruso.
Ese doble movimiento, junto con el despliegue de los misiles Pershing de alcance intermedio y la amenaza de la Iniciativa de Defensa Estratégica fueron factores decisivos en la caída del imperio soviético.
Desde ese momento (principios de los años ochenta) viene librándose en el Golfo Pérsico y Medio Oriente una guerra tras otra, la mayoría con alcances globales.
Pero para algunos grupos dentro de la Umma Islamiya y la Umma Arabiya es una sola yihad, mientras los liderazgos de Occidente y del mundo no parecen comprenderlo, quizás porque se desarrolla con las sutiles técnicas de la guerra híbrida o porque las energías vitales de las civilizaciones atacadas se agotan progresivamente, como bien explica el respetado cardenal Sarah cuando describe la tragedia de Europa, con 47 millones de musulmanes dentro de sus espacios y muchos más tocando a sus puertas, así como el drama sangriento de los cristianos en África, donde el islam avanza a sangre y fuego.
Creo que, desde que los aliados proxys de Irán bloquearon el paso de Bab el-Mandeb en octubre de 2023, fecha que el autor considera el inicio real de la guerra actual, quedó claro que el próximo movimiento envolvente sería el cierre del estrecho de Ormuz, y que en ese tablero estaban realmente enfrentados China y Estados Unidos, arriesgando la seguridad de todos los pueblos de la Tierra.
El cierre de los estrechos o la amenaza de hacerlo constituye una flagrante y gravísima violación del derecho internacional público y del derecho del mar.
Más realismo… menos soberbia
El papa León XIV y la diplomacia vaticana deberían estar más conscientes de que atravesamos un periodo oscuro de la historia humana, propiamente “descendiendo a los infiernos” de la primera guerra global híbrida.Asimismo, el presidente Trump también debe hacerse consciente de que, si él siente que es un instrumento del plan de Dios en la historia –y el autor considera que tiene razones para pensarlo–, su actitud debe estar acompañada de humildad sincera y temor del Señor de los Ejércitos, ya que Dios, Señor de la historia, “escribe derecho en líneas torcidas” y sabe derribar a los que se encumbran.
En la medida en que el fundamentalismo islámico chiita y sunita, y los poderes mundiales que los alientan y manipulan, perciban en su visión escatológica que los liderazgos más importantes y emblemáticos de Occidente están confrontados, más sentirán que Alá los está llevando a la victoria frente a los infieles, y puede que se intensifique “el choque de civilizaciones” que, aunque ahora se focaliza por razones tácticas y estratégicas en la negación del derecho a la existencia de Israel, posee una proyección más amplia y siniestra.
El admirado papa León XIV, por su historia familiar, sabe lo que es la guerra: su padre participó en el desembarco de Normandía. Si hacemos un ejercicio de historia contrafactual, ¿qué hubiera sucedido si Estados Unidos se hubiera limitado a librar la guerra solo contra Japón, luego de Pearl Harbor, obviando el pacto de defensa mutua de Alemania y Japón? O bien, ¿cuál hubiera sido el destino de la humanidad si Hitler hubiese acogido la propuesta que, según el historiador John Lukacs, le formuló Stalin a través de Beria y Molotov para una gran alianza de los totalitarismos, incluido Japón, con el fin de repartirse Europa, África y Asia?
Que nadie se confunda: la yihad global es una realidad profunda en expansión.
En los fondos de la civilización islámica late un impulso poderoso hacia el renacimiento en un estado imperial, algo que muchos perciben en la Turquía de Erdogan, en los intentos de un nuevo califato o en la espera febril del Imán Oculto y la venida del Mahdi.
Este es un motivo profundo de tanta agitación y tozudez, como bien describió Octavio Paz en Tiempos nublados, en sus penetrantes pasajes dedicados a explicar la Revolución Islámica de Irán como expresión de “la revuelta de los particularismos” contra la modernización occidentalizante, reacción virulenta frente a los excesos de la Revolución Blanca del Sha de Irán, cuyas ondas expansivas se han sentido en muchos ámbitos de la Tierra.
Tres puntos clave
1.La paz requiere justicia y verdadLa paz duradera no puede basarse únicamente en buenas intenciones, sino en un orden moral y político sustentado en la justicia y la verdad.
2.Un nuevo ciclo de conflicto global
Las tensiones en Medio Oriente y la expansión del fundamentalismo islámico forman parte de una guerra global híbrida con implicaciones geopolíticas profundas.
3.La importancia del liderazgo prudente
La necesidad de que los líderes mundiales actúen con realismo, humildad y responsabilidad para evitar una escalada de conflictos que amenace la estabilidad internacional.
Sobre el autor: Pelegrín Castillo Semán es Analista invitado sénior en el Miami Strategic Intelligence Institute (MSI²), que reúne aun grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Más información en: www.miastrategicintel.com
Las opiniones expresadas en este artíículo son las del autor y no reflejan necesariamente la posición de The Epoch Times


















