Opinión
Para cualquier observador atento, y aun para los no tan atentos a los sucesos internacionales, resultará difícil encontrar hechos que, en los últimos años, hayan mostrado fuerza, dinamismo y eficacia por parte de las Naciones Unidas para afrontar un mundo signado por profundos cambios tectónicos.
Se podrá argumentar que el fin del momento unipolar iniciado con el colapso de la URSS y el tránsito cada vez más acelerado hacia un mundo bipolar entre Estados Unidos y China condenan a este organismo a volver a navegar las tormentosas aguas de las pujas entre las grandes potencias. Sin duda, ese es un factor.
Otros podrán agregar que la recuperación política, económica y militar de Rusia, luego de su extrema vulnerabilidad durante la primera década y media posteriores a la caída del Muro de Berlín, constituye otro condimento que genera tensiones y conflictos. El ataque a Georgia en 2008, a Ucrania en 2014 y nuevamente, y a mucha mayor escala, en 2022 son ejemplos claros en este sentido.
La decisión de Israel, con el apoyo de Washington, de intentar descarrilar de manera contundente el programa nuclear de Irán, así como la guerra en Gaza tras la masacre perpetrada por Hamás en octubre de 2023, también sobresalen en este listado. A ello se suma el incremento masivo del gasto militar mundial, incluso en países ex posmodernos de la Unión Europea, así como en Japón, donde comienza a debatirse si no resulta necesario contar con un poder nuclear militar, con resonancias similares en Corea del Sur. Sin olvidar, además, las masacres de cristianos en diversas regiones de África.
De más está decir que, como se sabe desde su creación, la ONU no funciona si las grandes potencias deciden que no lo haga. El derecho internacional emana del poder: de guerras ganadas y del poder tecnológico, económico y militar. Así fue, así es y así será.
Los padres del pensamiento realista nos enseñan, desde Tucídides en adelante, que la naturaleza del hombre y la anarquía del sistema internacional son variables inmutables, que deben ser reconocidas frente a cualquier ínfula voluntarista o idealista. Esto no debe confundirse con resignación ni fatalismo, sino con el reconocimiento de la necesidad de prudencia, habilidad y dotes de estadista por parte de quienes toman decisiones, especialmente en una era en la que abunda el poder de destrucción masiva.
Íconos del pesimismo realista como Tucídides, Morgenthau, Kennan, Carr, Aron o Gilpin nos recuerdan que la existencia de decisores con notables capacidades intelectuales y humanas es fundamental. Más allá de las buenas intenciones y de las trabas estructurales que dificultan hacer las cosas bien, no muchos incluirían en esa categoría al actual secretario general de la ONU. Bastaría con preguntar al público informado cuál es su nombre o buscarlo como protagonista clave en las noticias internacionales desde 2016. El panorama, con seguridad, sería desolador.
A fines del presente año se abre una oportunidad importante: la selección de un nuevo secretario general. Cabe preguntarse cuán bajo podría seguir cayendo la ONU en prestigio e influencia si no llega alguien que tenga claridad sobre qué hacer y cómo hacerlo; que mantenga un diálogo fluido y respetuoso con los principales líderes mundiales; que comprenda que el mundo supera los ocho mil millones de seres humanos y que los occidentales somos menos de mil millones y estamos en descenso.
Alguien que entienda que las agendas de minorías intensas occidentales, o el wokismo, importan poco o nada a la amplísima mayoría de las sociedades no occidentales, fenómeno que también está presente y en ascenso en el propio Occidente, como reflejan elecciones en Estados Unidos, Alemania, Italia, Hungría, Francia, Argentina, Chile, Bolivia y otros países. Un secretario general consciente de que el mundo no comparte las prioridades de las pequeñas burguesías urbanas progresistas de los Soho de San Francisco, Nueva York, París, Londres, São Paulo o Buenos Aires, con sus traumas y autoflagelaciones por ser blancas, occidentales y por la historia de sus países.
China no pide perdón por su pasado ni lo hará. Tampoco el Medio Oeste de Estados Unidos, ni Rusia, ni India, ni Irán, ni Turquía, ni ninguna gran civilización. Y los nuevos liderazgos occidentales parecen alinearse con esa tendencia. Conducir mirando siempre el espejo retrovisor puede ser más que peligroso. Los argentinos lo sabemos bien.
Entre los candidatos ya oficializados sobresale Rafael Grossi, un diplomático argentino que ha ocupado puestos clave y altamente sensibles en las últimas décadas. Ha sabido construir relaciones de respeto y confianza con los principales líderes mundiales y ha puesto el cuerpo en diversas oportunidades en zonas calientes como Ucrania e Irán. Hace del diálogo y la reserva una práctica constante, pero en privado, y cuando corresponde, dice las cosas de manera firme y clara. Conoce desde adentro las fortalezas y debilidades de la ONU.
En otras palabras, la persona adecuada en el lugar y el momento adecuados. Si Estados Unidos, China y la propia Rusia asumen que la ONU aún puede resultarles útil en este mundo tormentoso, tienen en Rafael Grossi al candidato indicado. Incluso los Estados más poderosos y temibles necesitan, cada tanto, un espacio institucional que les permita dotarse de un cierto manto de legitimidad internacional cuando lo consideran necesario.
El Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami es un grupo de expertos conservador y no partidista que se especializa en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com
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