La esperanza que renace
Esa esperanza, que durante años permaneció aletargada, comienza nuevamente a insinuarse como una posibilidad concreta. Confiamos en que se transforme en una realidad en la que todos tengamos parte, aunque siempre cargaremos con la ausencia irreparable de quienes partieron sin ver ese día.La captura del autócrata Nicolás Maduro fue una especie de obertura operática. Un preludio que, sumado a la crítica situación de los regímenes castro-chavistas, permite imaginar la irrupción de ciudadanos comunes en defensa de sus derechos.
El exilio y el sentido de pertenencia
Hace unos días le decía a mi esposa que, por dorado que sea el exilio o el éxodo, no existe estancia que supere la de la tierra natal. No porque la vida allí haya sido perfecta. No porque la memoria borre los dolores. Sino porque hay un sentido de pertenencia insustituible.Tengo una profunda deuda de gratitud con Venezuela y con Estados Unidos. La generosidad de ambos países al recibirme nunca podré compensarla. Sin embargo, no existe valor que sustituya a Cuba y, en particular, a la ciudad de Santa Clara en mi memoria.
El exilio puede ofrecer oportunidades, seguridad y estabilidad. Pero jamás reemplaza la raíz.
El regreso: alegría y heridas
Si el retorno llega a concretarse, no será sencillo. Será complejo. Tal vez, en ocasiones, desalentador.Familias y amigos que no se han visto por décadas compartirán un diluvio de relatos, experiencias acumuladas en la distancia y silencios prolongados. La alegría será genuina. Pero también emergerán recuerdos amargos y diferencias del pasado que no se disuelven con facilidad.
Nuestros pueblos, sin importar las orillas en que se encuentren, han sufrido bajo la tutela castro-chavista traumas profundos. Algunos serán muy difíciles de erradicar de la memoria individual y colectiva.
Justicia sin venganza
Fidel y Raúl Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro y el mortífero matrimonio de Daniel Ortega y Rosario Murillo, contaron con el respaldo de sectores significativos de la población. En nombre de esos caudillos se cometieron arbitrariedades y crímenes que no podrán borrarse.Esos hechos claman justicia.
Sin embargo, tanto víctimas como victimarios estamos obligados a actuar con ecuanimidad y a respetar el derecho de todos. Como escribió José Martí:
“De la justicia no tienen nada que temer los pueblos, sino a los que se resisten a ejercerla”.
La justicia no es venganza. Es el punto de partida para que una nación pueda mirarse de nuevo sin miedo.
El derecho a soñar
Permítanme ahora compartir mis anhelos. Durante muchos años no he sido optimista respecto a un cambio en Cuba. Sin embargo, en estos días me he permitido delirar con el regreso. No soy el único. Muchos amigos también están soñando.Les ruego comprensión cuando confiese estas fantasías que ansío que se conviertan en realidad.
Tengo 82 años y, a diferencia del dictador Miguel Díaz-Canel, sigo siendo un idealista. Estoy convencido de que podremos ser mejores ciudadanos y construir un país “con todos y para el bien de todos”. Como afirmaron cuatro ilustres cubanos de la oposición, “la patria es de todos”, no de los jenízaros que han servido al totalitarismo.
Mi regreso sería acompañado por la memoria de quienes ya no están. Menciono solo a mi padre, Pedro Martín Corzo Alemán, y a dos hermanos de lucha, Gustavo Rodríguez Pulido y Amado Rodríguez, exprisioneros políticos. Todos llevaron a Cuba y lo cubano en el corazón hasta el último aliento.
Santa Clara: el regreso íntimo
En los 45 años que llevo físicamente lejos de Cuba no he cantado el himno de Perucho Figueredo. Guardo silencio cuando mis compatriotas lo entonan. No por desamor, sino porque hay emociones que no caben en la voz.Si algún día vuelvo a pisar la tierra que tanto amo, lo primero que haría sería viajar a Santa Clara.
Iría a las ruinas del cementerio local. Buscaría la tumba de mi madre. Y la de tantos familiares que partieron durante mi prolongada ausencia.
Allí comenzaría, en silencio, mi verdadero regreso.
Después caminaría hacia el parque Leoncio Vidal. Me subiría a su glorieta. Me detendría ante el monumento a doña Marta Abreu.
Y finalmente me sentaría en el banco más apartado, aquel que hace 67 años el escritor José Antonio Albertini llamó el banco de los poetas.
No diría nada.
Dejaría que la memoria hablara sola.
Allí se irían desprendiendo, una a una, las emociones guardadas durante décadas. Sin discursos. Sin explicaciones.
Solo respiración. Recuerdos. Nombres.
Y en esa quietud, quizá sin que nadie lo note, me sentiría nuevamente entero.
No porque todo haya sido vencido.
Sino porque lo esencial nunca lo estuvo.
Sobre el autor: Pedro Corzo es Analista invitado senior en el Miami Strategic Intelligence Institute (MSI²). El MSI² es un grupo de expertos conservador y no partidista que se especializa en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría.
Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente la posición de The Epoch Times
















